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| David Danzando ante el Arca de la Alianza |
Dios y la Iglesia en su infinita sabiduría, saben con certeza que para el último domingo de Noviembre vamos a venir acarreando preocupaciones, agobios y penas producidas durante el año, mismas que se agravan con la llegada de Diciembre y todo lo que este mes implica en el aspecto mundano y material.
En tal virtud, en el PRIMER domingo de Adviento, la Iglesia nos trae una advertencia: "Procuren que su corazón no se entorpezca con las preocupaciones de este mundo" (Lc 21, 34-36). O dicho de otra manera: Cuidado, no dejes que tu corazón se maree con las cosas del día a día.
Dios y su Iglesia saben con seguridad que a fines de noviembre, nuestro corazón va a estar mareado, entorpecido, agobiado.
Ha pasado un domingo. En él, nos hemos dado cuenta que nuestro corazón está mareado con las tensiones del año que termina.
Una vez que somos conscientes del estado de preocupación de nuestro corazón , el SEGUNDO domingo de Adviento, llega Juan Bautista y nos hace una sola recomendación: "Arrepiéntanse, que el Reino de los Cielos está cerca" (Lc 3, 3-4). No se refiere a lo malo que hayamos hecho, sino más bien a cuánto nos hemos alejado de Dios. Nos quiere decir que volvamos nuestra mirada a Dios. Que nos preparemos, que dejemos de agobiarnos por cosas sin importancia y volvamos nuestra mirada, nuestro pensamiento hacia Dios.
Han pasado dos domingos. El primero nos dimos cuenta que nuestro corazón está mareado, agobiado. El segundo volvimos a mirar a Dios para recuperar la tranquilidad, para alejarnos del estrés, para preparar el camino.
Pero ante esta recomendación, la gente le preguntaba a Juan "¿Qué debemos hacer?" (Lc 3, 10). El TERCER domingo de Adviento Juan nos dice "El que tenga dos túnicas que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer que haga lo mismo" (Lc 3, 11). Una vez que somos conscientes que nuestro corazón está agobiado, y lo tranquilizamos volviendo la mirada a Dios, el mundo entero nos dice "¿Amas a Dios? No lo digas, ¡Demuéstralo!". El amor a Dios es un misterio interior que necesita ser exteriorizado de alguna forma. No es suficiente con decir "yo amo a Dios" y repetirlo como grabadora a todos los que nos rodean. Juan Bautista nos dice, si amas a Dios, no lo digas, ¡demuéstralo haciendo obras de caridad!, ¡demuéstralo amando al prójimo como a tí mismo!
Pasaron ya tres domingos. El primero descubrimos que nuestro corazón está mareado, agobiado; el segundo, calmamos esta intranquilidad volviendo nuestro corazón a Dios y diciéndole que lo amamos. El tercer domingo establecemos formas de demostrar que nuestro amor a Dios no es pura lírica de labios para afuera, sino que lo demostramos dando amor a los demás, no solo a nuestros familiares, sino a los que menos tienen, dando comida, juguetes, ropa. Esta es la forma en que los católicos exteriorizamos nuestro amor interno por Dios.
El CUARTO domingo de Adviento, María visita a su prima Isabel. ¿Qué hizo el bebé de Isabel en el vientre cuando escuchó saludar a María? Saltó de alegría (Lc 1, 41). ¿Cómo se relacionan los tres domingos anteriores con el cuarto domingo? ¿Cuál es la ecuación? Sencillamente que al alejarnos de las preocupaciones del día a día, y volver nuestra mirada a Dios para decirle que lo amamos y que él es el centro de nuestra vida, y hacemos realidad este sentimiento al dar amor a los demás, al prójimo mediante obras de caridad, nuestro corazón se llena de dicha porque su presencia está cerca de nosotros. Damos saltos de dicha al estar en la presencia del Señor. Nuestra vida se convierte en un baile de alegría, en una fiesta cuando el Señor está presente, tal como lo hizo David cuando estuvo en presencia del Arca de la Alianza (2 Sam 6, 14).
Han pasado cuatro domingos. En el primero nos dimos cuenta que estábamos preocupados, presos de las penas del año. En el segundo volvimos a mirar a Dios. Le dijimos que lo amamos y que queremos estar junto a él. En el tercero demostramos ese amor, dando amor al prójimo. No al prójimo que vive con nosotros, sino al desconocido, al doliente, al que nos cuesta. Y el cuarto domingo nos regocijamos ante la presencia de Dios al punto que sentimos una dicha digna de cantos y bailes.
En ese momento llega el niño Jesús e inunda nuestras vidas con alegría y gozo. Un gozo como el que no sentimos en ningún otro momento del año. Una dicha que inunda, un éxtasis tal que quisiéramos llorar y reír al mismo tiempo.
Yo les hago la siguiente pregunta. ¿Con esta dicha en el corazón, cómo podemos pensar en compras, regalos y cena antes que en Jesús? Compremos, comamos, regalemos. No digo que no lo hagamos. Solo les pido que coloquen a Dios en un lugar especial en su corazón, antes que todas las otras cosas.
Los invito a reflexionar estas palabras y las lecturas propuestas.

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